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Entre junio y los primeros días de julio, los niños, niñas y adolescentes de la Sierra y la Amazonía de Ecuador entran a vacaciones. Más tiempo en casa. Menos estructura horaria. Y, en parte de los hogares, el Mundial de fútbol como telón de fondo. Esto pudiera ser el escenario ideal para que la comida chatarra, las bebidas azucaradas y los snacks ultraprocesados estén más presentes en la mesa.

La alimentación infantil rica en ultraprocesados ya es una tendencia documentada. La reciente Encuesta de Salud y Entornos en Niños, Niñas y Adolescentes del Municipio de Quito -la primera de este alcance desde la Ensanut 2018 del Inec- revela que nueve de cada 10 niños y adolescentes del Distrito Metropolitano consumió alimentos ultraprocesados en las últimas 24 horas.

Apenas tres de cada 10 come frutas y verduras todos los días, mientras uno de cada cuatro no desayuna. Este es el retrato de lo que ocurre con la alimentación infantil en Quito en un día ordinario. Las vacaciones, sin intervención consciente, solo profundizaría esa realidad.

El fútbol agrava el cuadro. Ver un partido en familia se ha convertido en sinónimo de papas fritas, pizza gaseosas y snacks salados. No porque sea inevitable, sino porque así lo construyó la industria alimentaria durante décadas. Se asocia el deporte, la celebración y el tiempo compartido con sus productos. El resultado es que las familias se relajan precisamente cuando más deberían estar atentas.

Sin embargo, las vacaciones escolares también pueden ser una oportunidad. Con más tiempo disponible, los padres pueden cocinar, alejarse de la comida chatarra, llevar a sus hijos a mercados, introducir frutas y verduras como parte de la rutina y recuperar el desayuno como un momento familiar. Ninguna de estas acciones requiere de un presupuesto extraordinario. Requiere decisión.

La encuesta municipal lo confirma con un dato que incomoda: el problema no es exclusivamente económico. La obesidad infantil se reporta también en los países más ricos del mundo. Lo que está en juego es cultural. Y la cultura se construye -o se destruye- en los hábitos cotidianos que los adultos modelan frente a sus hijos, nietos, sobrinos.

Pedro Luis Aguilera, endocrinólogo del Hospital Pediátrico Baca Ortiz, lo dice sin rodeos: los niños aprenden a comer observando a los adultos que los rodean. No existe campaña publicitaria del Estado, ni etiqueta de semáforo, ni política pública que reemplace lo que un padre o una madre hace o deja de hacer en su propia mesa.

Eso no significa que el Estado no tenga responsabilidad. La tiene, y es grande. Ecuador redujo los impuestos a bebidas azucaradas y ultraprocesados cuando la evidencia internacional indica que subirlos es una de las medidas más efectivas para reducir su consumo. La publicidad de ultraprocesados dirigida a menores no tiene restricciones, mientras países como Chile, México y Colombia ya cuentan con advertencias frontales y límites de marketing. El etiquetado de semáforo, señala el experto en salud pública Fernando Sacoto, ha sido debilitado por presión de la industria y tiene impacto limitado.

Mientras las políticas públicas eficientes tardan. Las vacaciones en las dos regiones ecuatorianas empiezan ahora y se extienden hasta mediados o finales de agosto.

Tres de cada diez niños y adolescentes de Quito ya tiene sobrepeso u obesidad. Uno de cada cinco mayores de diez años tiene obesidad central, con consecuencias metabólicas que pueden extenderse toda la vida. Enfermedades que desde hace décadas son exclusivas de adultos –diabetes tipo 2, hígado graso, hipertensión– se diagnostican hoy en niños de entre seis y 12 años.

Frente a esta realidad no hay soluciones perfectas ni dietas estrictas. Hay algo más sencillo: que estas vacaciones, mientras disfrutan del Mundial aprovechen el tiempo libre para hacer lo que ninguna política pública puede hacer. Sentarse a comer con sus hijos. Cambiar los snacks ultraprocesados y la comida chatarra por algo rico y nutritivo.

Recordar que el ejemplo es la única pedagogía que funciona en una mesa familiar. Los datos actualizados, por lo menos para Quito, ya existen. La decisión más confiable está en cada hogar.


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