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Cuando el cuerpo se vuelve refugio en tiempos duros

Written by on 02/21/2026

El fenómeno de los ‘therians‘ —personas que se identifican simbólicamente con animales— ha tomado fuerza en redes sociales en varios países de Iberoamérica, especialmente en Argentina y México.

Para muchos especialistas, se trata en la mayoría de los casos de una expresión lúdica, una forma de juego identitario o una moda amplificada por los algoritmos. Solo cuando interfiere con la vida cotidiana o deriva en angustia persistente entra en el terreno clínico.

Ese encuadre es válido. Pero se queda corto.

Porque, más allá del diagnóstico psicológico o del fenómeno digital, vale la pena preguntarse qué dice esta tendencia sobre el clima social que la rodea. Qué revela de una época en la que el espacio para la diferencia parece estrecharse y donde el cuerpo —cómo se muestra, cómo se nombra, cómo se vive— empieza a convertirse en un último territorio de autonomía.

No es casual que el auge de los ‘therians’ se vuelva visible en Argentina en paralelo al discurso frontal del presidente Javier Milei contra lo que denomina “cultura woke”.

Ese término, nacido para describir una conciencia frente a injusticias sociales, racismo y discriminación, hoy es usado desde sectores conservadores como sinónimo de exceso o imposición ideológica. Al mismo tiempo, ese país atraviesa reformas económicas y laborales profundas, con un lenguaje oficial que privilegia la dureza, el ajuste y la eficiencia por encima del cuidado.

En ese contexto, el cuerpo aparece como un espacio de repliegue. Cuando el debate público se vuelve áspero, cuando el mercado exige adaptación constante y cuando la política habla en clave de sacrificio, muchas personas —sobre todo jóvenes— buscan refugio en identidades que no pasan por la productividad ni por el rendimiento. Identificarse con un animal no es solo una excentricidad: es, simbólicamente, una forma de salirse del guion.

No es huida, necesariamente. Es resistencia silenciosa.

Las redes sociales solo hacen visible esa búsqueda. La convierten en tendencia, la exageran y la exponen.

Pero también permiten que pequeñas comunidades se reconozcan entre sí. En ese proceso, el cuerpo deja de ser solo biología y se transforma en mensaje. Es el lugar donde se ensayan otras maneras de estar en el mundo, lejos de las categorías rígidas que impone la adultez contemporánea.

El episodio ocurrido en Quito es ilustrativo. Un encuentro de ‘therians’ anunciado para el 22 de febrero de 2026 en el Parque La Carolina fue cancelado luego de que sus organizadores denunciaran burlas, mensajes de odio y amenazas. La reacción fue inmediata: incomprensión convertida en hostilidad. El espacio público, incluso para una manifestación simbólica, se volvió inhóspito.

Ese rechazo dice tanto como el fenómeno mismo.

En medio de ese ruido, cabe otra pregunta que suele quedar relegada: ¿cómo estamos, como sociedad, pensando la salud mental? Antes de burlarnos, de etiquetar o de convertir estas expresiones en meme, vale preguntarse si sabemos escuchar.

No para validar todo, sino para comprender mejor qué está pasando con una generación que crece entre ansiedad, precariedad y sobreexposición digital. Hablar de salud mental no implica justificar comportamientos, pero sí asumir que el bienestar emocional sigue siendo un tema pendiente, tratado con ligereza o estigma.

Vivimos en sociedades cada vez más tensas, donde la diferencia se percibe como provocación y la fragilidad como debilidad. En ese marco, aparece otra consigna repetida en redes: “Eres lo que sientes”. La frase busca validar experiencias personales, pero también ha sido apropiada por discursos políticos que explotan emociones para construir adhesiones rápidas. El resultado es paradójico: se habla mucho de identidad, pero se escucha poco a las personas.

Ahí está el núcleo del problema.

El auge de los ‘therians’ puede leerse como un síntoma de una generación que no encuentra representación en el lenguaje del poder. No es solo juego. Tampoco es necesariamente patología. Es una forma de decir: aquí estoy, aunque no encaje. Es el cuerpo reclamando un lugar cuando otros espacios —el trabajo, la política, la economía— se vuelven cada vez más inaccesibles o agresivos.

Reducir todo a moda viral empobrece el análisis. Burlarse del fenómeno es más fácil que preguntarse por qué tantos jóvenes sienten la necesidad de habitar identidades alternativas. Y convertirlo en bandera política —para atacarlo o para romantizarlo— también distorsiona su sentido.

Tal vez el debate real no sea si alguien se identifica con un animal. Tal vez la pregunta más incómoda sea qué tan estrechos se han vuelto los márgenes de pertenencia en nuestras sociedades. Qué tan poco lugar dejamos para la exploración, la duda, la vulnerabilidad e incluso la libertad de expresión. Y cuántas veces el cuerpo termina siendo el único espacio donde todavía es posible decir algo propio.


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