Nuestro juramento futbolero
Written by on 07/05/2026
Luego de la agridulce experiencia de la selección en este mundial, es un buen momento para hablar de fútbol, pero no como un diagnóstico deportivo, sino como un fenómeno cultural complejo, en la línea sugerida por Martín Caparrós: con escepticismo intelectual y con contenido emocional.
En primer término, se debe admitir que la selección logró el ‘efecto patria’, mecanismo por el cual una persona se convence de que comparte una identidad profunda con gente con la que, en otros contextos, no tendría nada que ver. Por lo tanto, fue una herramienta para construir pertenencia.
Ese ‘efecto patria’ tuvo su maxima expresión al finalizar el partido con Alemania, único que ganó el Ecuador, cuando los espectadores, normalmente pasivos, empezaron a corear de manera espontánea ‘Nuestro juramento’, la canción más emblemática del cancionero popular, un momento de intensa conexión colectiva.
La efervescencia del momento –ganarle a una selección cuatro veces campeona del mundial– permitió sentir que la hazaña del equipo era un triunfo colectivo. Surgió entonces lo que Caparrós llama la ‘salvajería feliz’ del fútbol que suspende por 90 minutos la racionalidad de la vida adulta y permite habitar el estadio como un espacio lúdico que revitaliza al individuo y al colectivo.
Cuatro días duró la alegría y luego volvió el fracaso, la constante del fútbol. Pero más allá de la pérdida, que siempre es una posibilidad, el verdadero dolor es sentir que la federación –tanto en lo administrativo como en lo deportivo– falló la prueba de carácter, es decir, en la filosofía del proceso y la integridad de los procedimientos.
La decepción surge de percibir que se hizo menos de lo que se podía. Es decir, no faltó capacidad física en los jugadores, sino que todo el proceso se llevó adelante sin respetar los valores del deporte: honor, respeto al rival y humildad. Si, como se ha dicho, el fútbol es un fenómeno cultural, cabe pensar si también nosotros, como sociedad, hemos trastocado los valores, al permitir que el gobierno desbarate las estructuras públicas de salud y educación, construidos a lo largo de 200 años de república, llorando nuestros pasillos mientras permitimos el despojo.