Quito vuelve a inundarse y exige respuestas estructurales
Written by on 10/23/2026
La lluvia y el granizo del 22 de octubre volvieron a producir una escena conocida en Quito. Vehículos fueron arrastrados en la calle Luis Mosquera Narváez, locales de la Versalles se llenaron de agua y lodo, el tránsito se interrumpió en la avenida 10 de Agosto y sectores como La Comuna, La Gasca y La Mariscal registraron anegamientos. La pregunta ciudadana aparece de inmediato: ¿por qué vuelve a ocurrir?
La respuesta no cabe en una sola alcantarilla.
Quito tiene alrededor de 6 226 kilómetros de redes de alcantarillado. Epmaps reportó que, hasta el 3 de octubre, había limpiado 179 000 sumideros, por encima de su meta anual, y el Plan Lluvias 2026-2027 contempla 9,66 millones de dólares para mantenimiento e intervenciones. El Municipio también ejecuta obras de colectores de alivio y un Plan de Eventos Climáticos de 55 millones para 2026 y 2027.
Por tanto, afirmar que no existe mantenimiento sería incorrecto. Pero tampoco basta con enumerar trabajos cuando las inundaciones reaparecen en lugares conocidos.
Una investigación de EL COMERCIO basada en registros de la USFQ identificó 631 inundaciones en Quito entre 1900 y 2020. Iñaquito, San Juan, Belisario Quevedo y Jipijapa aparecen entre los sectores con mayor recurrencia. Octubre concentra 89 casos históricos. El Labrador y La Y llevan décadas apareciendo entre los puntos críticos.
La topografía explica parte del problema: la ciudad creció sobre quebradas rellenadas y antiguos humedales donde el agua conserva rutas que la urbanización no elimina por completo.
La intensidad también importa. Los registros metropolitanos muestran un aumento estadísticamente significativo de horas con aguaceros fuertes desde 2015 en Belisario, Cotocollao, Tumbaco y Carapungo. Eso no demuestra por sí solo una causa climática determinada, pero sí plantea una obligación de ingeniería: revisar si la infraestructura diseñada para determinadas lluvias sigue siendo suficiente frente a eventos más concentrados.
El granizo añade otro problema. Mezclado con hojas y residuos puede formar bloques que taponan rejillas y dificultan el ingreso del agua, aunque los colectores continúen operativos.
Allí aparece la responsabilidad ciudadana: arrojar basura en calles, quebradas o junto a sumideros aumenta el riesgo. Pero esa corresponsabilidad no puede convertirse en una explicación cómoda para todos los anegamientos.
La autoridad mantiene la responsabilidad principal sobre planificación, mantenimiento, obras, control del uso del suelo y capacidad de respuesta. La ciudadanía, sobre no obstruir aquello que debe funcionar.
Lo ocurrido este jueves debería producir algo más que limpieza y reapertura de vías. Quito necesita publicar, después de cada episodio severo, qué puntos fueron superados, por qué ocurrió, cuánto demoró el drenaje y qué corrección estructural se hará. También debe ampliar el monitoreo: de 214 puntos hidrometeorológicos municipales, solo 39 tienen seguimiento en tiempo real.
No todas las inundaciones pueden evitarse. Una tormenta extraordinaria puede superar incluso sistemas bien mantenidos. Lo que una ciudad no debería normalizar es que los mismos puntos fallen sin que esa repetición cambie la infraestructura.
La pregunta ya no es únicamente si se limpiaron los sumideros. Es si Quito está rediseñándose para la lluvia que realmente recibe.
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