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La trampa que nos cierra la visa Schengen

Written by on 08/09/2026

En enero de 2017, Ecuador firmó con alboroto el Acuerdo Comercial Multipartes con la Unión Europea. La promesa fue deslumbrante: el fin del proteccionismo y la llegada de una era donde el ecuatoriano común tendría acceso directo a la excelencia del Viejo Mundo.

El pantano de bienvenida

Cerca de una década después, esa promesa es apenas un espejismo en nuestra aduana. Lo que se firmó como un puente transatlántico de integración, la burocracia ecuatoriana lo convirtió en una ciénaga impositiva donde el libre comercio muere ahogado antes de tocar puerto.

Vino 3B convertido en lujo

El caso del vino portugués expone con crudeza esta distorsión. En los supermercados de Oporto o Lisboa, un Vinho Verde de magnífica factura cuesta 4,00 dólares con impuestos locales incluidos. Es un bien cotidiano, parte del pan y la sal de la mesa popular. Sin embargo, al desembarcar en Ecuador, ese mismo vino sufre una transformación aterradora y aterriza en las perchas a 12 dólares. No es el flete ni la distancia geográfica; es la mano invisible de un Estado mentiroso e insaciable que utiliza el hambre y el consumo popular para financiar su propio andamiaje.

Arancel cero con máscara fiscal

En las cancillerías se pregona con orgullo el “arancel cero” para los bienes europeos. Pero la trampa comercial es descarada; el arancel es solo la fachada de una casa llena de basura impositiva:  el Impuesto a los Consumos Especiales (ICE) —calculado con fórmulas confusas sobre el alcohol puro y los valores ex-aduana—, la tasa FODINFA, el IVA en cascada y los costos de marcaje fiscal que son miles de dólares por cada producto, multiplican el precio real y lo hacen inaccesible. Hecho el tratado, nosotros hicimos la trampa.

Nos privan alimentos básicos

Esta estructura de peajes ocultos no golpea solo al vino; se replica en cientos de alimentos de la canasta básica europea que en origen son baratos: conservas, aceites, quesos, insumos procesados; pero en Ecuador terminan convertidos en objetos de lujo solo alcanzables a la misma burocracia dorada que los encarece.

La arquitectura del Estado Ecuatoriano está diseñada con la premisa perversa de mantener al pueblo en la privación constante, con el estómago apretado y crujiendo de necesidad, para que la burocracia nunca deje de facturar.

El reverso de la visa Schengen

Esta mañoseria comercial no pasa desapercibida al otro lado del Atlántico. Los europeos suelen ser silenciosos en su diplomacia, pero no son tontos. Observan cómo Ecuador firmó un tratado de libre comercio que se incumple mediante artificios tributarios. Y esa desconfianza tiene un costo devastador para el ciudadano de a pie: la negativa persistente a la exención de la Visa Schengen.

Existe un paralelismo trágico entre la conducta del Estado y la de ciertos ciudadanos. Mientras las autoridades firman tratados con “arancel cero” que luego cuadriplican con impuestos encubiertos, miles de solicitantes adjuntan documentos falsos de supuestos ingresos, para intentar cruzar las fronteras europeas. El engaño del Estado se refleja en la conducta social.

Personas sí mercancías no

¿Con qué solvencia moral exigimos el libre tránsito de nuestras personas si bloqueamos con trampas el libre tránsito de sus productos?

La Unión Europea comprende que un país que no cumple lo firmado en el comercio tampoco ofrecerá garantías en el flujo migratorio. Nuestra propia hipocresía diplomática es la que nos cierra las puertas del continente europeo.

La aduana del absurdo

Al asalto fiscal se suman nuestras trabas regulatorias. Exigir que alimentos y bebidas producidos bajo la estricta vigilancia de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, EFSA; un organismo con estándares de inocuidad infinitamente más avanzados y potentes que el ARCSA, deban someterse otra vez a sus aprobaciones,  no es salud pública; es inmoralidad burocrática para proteger oligopolios locales.

Chocolate sin marido

Ecuador es la cuna del cacao fino de aroma más codiciado del planeta y posee una gastronomía diversa que clama por un maridaje. El vino, entendido en el mundo entero como una bebida de moderación y un alimento de mesa, no debería ser un privilegio de élites. Impedir que el chocolate ecuatoriano de alta gama y nuestra cocina dialoguen en la mesa con la frescura de un vino europeo, es una amputación cultural que nos impide vender millones de chocolates maridados con buenos vinos, cómo se hace en Brujas o en Oporto.

Una señal de honestidad

Si el Gobierno nacional aspira a honrar la palabra empeñada en los acuerdos internacionales y construir una relación transparente con la Unión Europea, debe desmontar los aranceles encubiertos y los requisitos tramposos, para   garantizar el ingreso fluido y justo de los productos europeos a las mesas de Ecuador. Eso, no solo mejorará la calidad en la mesa de las familias ecuatorianas; será un primer paso honesto para recuperar la pérdida confianza diplomática, obtener la extensión de la visa Schengen y abrir las fronteras de Europa para nuestra gente, que pierde los millones de oportunidades que brinda el viejo continente.


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