Una vaca, una vaca por mi reino
Written by on 10/16/2026
Era yo todavía un retoño de persona cuando leí el libro “The Food Revolution” por John Robbins. Casi no podía creer que este era el mundo; que lo que había sido una parte tan normal de mi existencia era tan brutalmente devastador para el planeta. Como la mayoría de ecuatorianos, yo crecí en un medio en el que, si venía alguien a excusarse con la cocinera porque es que ellos no comen carne, la cocinera pretendía entender, y pronto improvisaba un plato con pollo para el mañoso.
Se imaginan, entonces, el drama que se desató alrededor de la mesa de la cocina, cuando anuncié que pensaba reducir mi consumo de carne. Casi me desheredan esa noche, y por años después — a pesar de que mi consumo de carne se mantuvo, muy a mi pesar, más o menos igual — se hablaría en el seno familiar de los malos hábitos alimenticios de la Lorena, de su desequilibrado consumo de proteína, y por qué no, de su cuestionable habilidad para preparar una comida.
De cierta manera, la discusión en la mesa de la cocina en el 2008, estaba pasando alrededor de todo tipo de mesas por el mundo entero desde principios del milenio. De un lado de la mesa se sentaban quienes habían escuchado, de fuentes oficiales, que una dieta balanceada necesitaba proteína animal a diario. Del otro lado se sentaban quienes habían escuchado, de fuentes científicas, el efecto que el consumo de proteína animal diario tuvo en la población y el medio ambiente en las últimas cinco décadas.
Alguien tenía que ceder, y en este caso, le tocó a la pobre de la cocinera. Lo que hemos visto en el último par de décadas es que en la cocina se hacen malabares para satisfacer el gusto, la necesidad nutricional, y la moralidad de quienes nos sentamos a la mesa. Costillas, alitas, hamburguesas y chuletas para el que no se da por vencido, y tofu, filetes de champiñón, salchichas de lenteja, y croquetas de garbanzo para el que necesita alternativas.
Han habido algunas verdades incómodas que afrontar estas últimas décadas sobre cómo funciona el mundo y la urgencia que tenemos de cambiar los sistemas establecidos. No las voy a enlistar aquí, querido lector, porque es mejor masticar un solo bocado a la vez, pero justo esta semana salió una revelación sobre la Asociación Nacional de Ganado (NCA por sus siglas en inglés) de Estados Unidos.
Resulta que, oh, sorpresa, a finales de los 80s, cuando ya varios científicos andaban advirtiendo sobre el impacto ambiental del metano que producen la vacas, la NCA y otros grupos interesados lanzaron una campaña a largo plazo para desinformar al público sobre los efectos de tener tanta vaca pastando por ahí.
Vamos a hacer una pausa para explicar tres cosas importantes sobre la industria ganadera, por si no quieren leerse el libro entero de Robbins. Primero, las vacas tienen la mala costumbre — no lo pueden evitar — de emitir gas el día entero. El gas que eructan y se pedorrean es metano. El metano es un potente gas de efecto invernadero. Hoy en día, entre las vacas y otros animales de ganadería se produce más metano en lugares como Europa de lo que se produce dióxido de carbono por todos los vehículos en la misma región. Segundo, en términos de biomasa, hoy existe más biomasa vacuna en el planeta que la biomasa conjunta de todos los otros mamíferos salvajes. Bastante más. Tercero, el mayor procesador de carne en el mundo es la empresa JBS S.A., en Brasil. Actualmente se queman 63 hectáreas por hora de selva amazónica brasileña para poner a pastar vacas.
No se trata, entonces, de si las croquetas de garbanzo son más ricas en una hamburguesa que 350g de vaca molida. Ni siquiera se trata de si el doctor dijo que, muy a pesar de las recomendaciones de ciertos gobiernos influenciados por ganaderos millonarios, sería en verdad mejor que le baje al consumo de carnes, quesos, y leche, por si le da un infarto, no más. Se trata, queridos comensales alrededor de la mesa, de no ser egoístas.
John Robbins se pudo haber quedado calladito, ganando plata de fajo en fajo, pues su padre fue nada menos que el cofundador de la cadena internacional de heladerías Baskin-Robbins. No me imagino la guerra que se declaró en esa cocina cuando John le dijo a su padre que la industria ganadera, productora de la materia prima de su multinacional, está destruyendo el mundo.
Pero hay verdades que uno debe encarar tarde o temprano. El señor Baskin murió de un infarto a los 54 años. Irvine Robbins ya tenía diabetes y no se hablaba mucho con su hijo, cuando fue a ver a un doctor para discutir de una posible amputación de pierna. El doctor, sin saber del parentesco, recomendó el libro de John y le dijo a su paciente que si no hacía un cambio drástico de estilo de vida, iba a morir pronto. Ahí fue cuando Irvine por fin leyó el libro de su hijo, siguió sus consejos, y logró cambiar el estado de su salud. Murió a los 90 años de causas naturales.