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Tenía 17 años cuando puse un pie por primera vez en “La Julita”, una finca a media hora a pie de Mera, en ese entonces, unas pocas casas en medio de una selva lluviosa y fresca. Era finales de los años 70 en que empezó mi romance con la Amazonía. Recuerdo ver a don Genaro Peñafiel en la plenitud de su fuerza, de su ingenio y de su interminable amabilidad. En esa época, Mera ya era “La Cuna de la Vida”, pero el mundo aun no lo sabía.

Los fantasmas pescadores

Los hoy extintos indígenas Alamas, llegaban a la finca para quedarse por temporadas. No hablaban, con ellos aprendí secretos del bosque, a pescar con barbasco y ahumar lo atrapado.

Al caer la noche, cuando Mera sucumbía a la oscuridad al apagarse la planta de energía eléctrica, en casa de don Genaro y su siempre sonreída esposa Marujita, sucedía un milagro. Un alternador de camión impulsado por una caída de agua, iluminaba todos los cuartos con focos de automóvil. Era una luz amarillenta y soñadora. Desde esta finca emprendíamos exploraciones a las cavernas del rio Anzu, ingresábamos por semanas en la selva sin más que machetes y anzuelos, y en todas las aventuras, había dos constantes: lodo y serpientes, además de un millón de tonos de verde convertidos en miles de formas de vida; y pozas cristalinas, donde nos sumergirnos buscando sirenas de rio.

En la casa de Don Genarito había una habitación dedicada a la curiosidad, una inmensa colección de frascos con serpientes de muchos colores. Ya casado, seguí visitándolo y llevaba a mi hija, Johana, a recorrer la selva y ella aún recuerda su asombro infantil, ante aquellos especímenes encerrados en vidrio. Sin que nadie lo sospechara entonces, contemplaba algo que, décadas después, se convertirían en un hito de la herpetología mundial.

El forastero que le dio su corazón a la selva

En años recientes, la historia daría un giro inimaginado. El herpetólogo norteamericano, Alex Bentley, llegó a Mera buscando respuestas y terminó encontrando su destino. Descubrió la colección de don Genaro, puso a nuestra encantadora Mera en el centro de atención de un medio global como The New York Times; y, encontró el amor en una científica local, consolidando una alianza vital, que proyecta esta región como un referente de biodiversidad ante los ojos del planeta.

Que un medio como el Times dedique un reportaje central a un hombre de nuestra provincia de Pastaza, es un logro de don Genaro Peñafiel, que cumplió 101 años, ratificando que aquí tenemos un “Punto Azul”, pues conozco a varias personas que superan el siglo de vida; y es también la prueba de que, desde los lugares más apartados, se puede iluminar el conocimiento universal.

El ciclo que no termina

Mi romance con la selva continuó. A inicios del 2000 fundé un refugio de vida silvestre. Para mí, ver a una serpiente atrapando el sol con sus escamas que proyectan desde el negro azabache hasta el arcoíris completo, era un espectáculo de paz y pasión. Mi esposa, con una paciencia infinita, toleró mi fallido intento de ordeñar serpientes venenosas, pero me permitió crear de un serpentario que replicaba con precisión su hábitat, con comida viva incluida: ratones blancos. Hoy, el refugio mutó en una hostería que, a pesar del peso de la urbanización, sigue siendo un pedazo de bosque amazónico que preserva vida.

Hace unos días, visité a don Genaro Peñafiel y me sonrió sin acordarse de mí, en tanto que doña Marujita fingió reconocerme. Conversé con su hija mayor y sentí que todo el camino recorrido tenía sentido. Al volver a Baños de Agua Santa, abracé a mi esposa, agradecido por haber soportado mi pasión por las serpientes, que me contagió un hombre de sonrisa amable, que siempre prefirió cuidarlas a machetearlas y que la selva que tanto amó, no lo deja ir.

La cuna de la vida

Mera, “Cuna de la Vida”, ha demostrado al mundo que, para ser protagonista de la historia, basta con tener la paciencia de observar, la capacidad de maravillarse y la determinación de cuidar lo que otros, por desconocimiento, temen. La luz de aquellos focos de automóvil, que hace décadas iluminaba el cuarto de don Genaro, lleno de frascos con seres multicolores en su interior, hoy brilla con más fuerza que nunca, proyectando la riqueza de nuestra Amazonía hacia el futuro.

Vivir, al igual que caminar por la selva, es entender que somos parte de ese ciclo que busca, como la culebra en el obscuro sendero, el rayo de luz que nos permite seguir existiendo.


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