En el Día del Niño se evidencia la brecha digital en la era de la inteligencia artificial
Written by on 06/01/2026
Daniel Sebastian Flores
A Mateo (nombre protegido) le gusta hacer sus deberes mientras escucha música en su habitación. Tiene 14 años y vive en Sangolquí, en el Valle de los Chillos, junto a sus padres y su hermana. Sobre su escritorio descansan una laptop, un iPad y unos audífonos inalámbricos. En una esquina de su cuarto, una Smart TV permanece encendida mientras alterna entre tareas escolares y videos educativos en YouTube. Su rutina está atravesada por la tecnología.
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En su colegio particular, además de las materias tradicionales, recibe clases de inglés, francés y portugués apoyadas en plataformas digitales. Sus profesores utilizan herramientas de inteligencia artificial para actividades académicas. Los estudiantes aprenden a interactuar con aplicaciones que hace apenas unos años parecían futuristas. Cuando necesita resolver una duda, abre ChatGPT. Si debe preparar una exposición, utiliza Canva. Realiza sus investigaciones escolares desde su iPhone 16 o desde la computadora familiar, conectada a un servicio de internet de 1 070 Mbps.
La tecnología no aparece en su vida como privilegio: aparece como normalidad. A pocos kilómetros de distancia, al sur de Quito, Brandon V. vive una realidad distinta. Tiene 12 años y comparte su hogar con su madre, su abuela y su tía. Su mamá trabaja en una papelería en el sector de Conocoto y recibe un salario básico. En casa hay una computadora sencilla que la familia comparte y tiene un teléfono celular básico que, según cuenta su madre, sirve más para “saber dónde está” que para entretenimiento. El internet del hogar alcanza los 500 Mbps. Para ellos, eso es suficiente.
Brandon estudia en un colegio fiscal. Allí también recibe clases de computación. Los docentes intentan acercar a los estudiantes a herramientas digitales, pero las limitaciones son evidentes: pocos equipos, laboratorios básicos y acceso reducido a plataformas tecnológicas.
Mientras Mateo utiliza inteligencia artificial para reforzar tareas escolares, Brandon apenas comienza a familiarizarse con programas básicos. La distancia entre ambos no se mide en kilómetros ni en la velocidad de su conexión a internet o en la cantidad de dispositivos que tienen en casa.
La diferencia se construye todos los días a través de experiencias, habilidades y oportunidades que comienzan a acumularse desde la infancia. En una época marcada por la inteligencia artificial y la digitalización, estas diferencias pueden definir trayectorias educativas muy distintas.
Día del Niño: niños y tecnología en dos realidades distintas
La realidad de Mateo y Brandon ocurre en un país donde la tecnología tiene una presencia cada vez mayor en la vida de niñas, niños y adolescentes. De acuerdo con cifras oficiales, el 92,9% de niñas y niños entre 5 y 11 años asiste a la Educación General Básica. Dentro de este grupo, el 52,5% utiliza internet, el 48,8% usa teléfono celular, el 25% accede a una computadora y el 10% utiliza una tablet. Los datos reflejan cómo el entorno digital forma parte creciente de la infancia ecuatoriana, aunque también evidencian diferencias importantes en el acceso a herramientas tecnológicas.
La transformación digital también ha comenzado a llegar a las escuelas. Según datos del Ministerio de Educación, Deporte y Cultura, alrededor del 70% de las instituciones educativas del país cuentan con conexión a internet. De ellas, el 52,6% opera mediante fibra óptica, el 7,4% a través de radioenlace, el 3,9% mediante conexiones satelitales VSAT y el 2,8% mediante redes de cobre. A primera vista, los números muestran avances importantes en conectividad.
Sin embargo, la propia cartera de Estado reconoce que la discusión ya no puede reducirse a una pregunta tan simple como quién tiene internet y quién no. La calidad de la conexión, la estabilidad de la red, la velocidad disponible y la capacidad de integrar tecnología dentro del proceso educativo son factores que hoy generan diferencias tan importantes como el acceso mismo.
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Más que dispositivos
Para Alejandra Guevara, docente de educación inicial bilingüe con enfoque en innovación educativa, esas diferencias son visibles desde edades muy tempranas. “Hay niños que desde muy pequeños ya saben explorar aplicaciones, buscar información o incluso resolver cosas de manera intuitiva. A estos niños se los conoce como nativos digitales”, explica. Sin embargo, aclara que la tecnología no determina la inteligencia de un niño. Muchos estudiantes que no tienen acceso constante desarrollan otras capacidades valiosas, como la creatividad, la comunicación o las habilidades sociales en el juego.
Las observaciones de la docente coinciden con una de las apuestas del Ministerio. A través de la Agenda Educativa Digital, la institución impulsa programas de alfabetización digital, pensamiento computacional, ciudadanía digital, creación de contenidos y robótica educativa dentro del sistema escolar. La estrategia busca que estudiantes y docentes desarrollen competencias para desenvolverse de forma crítica, creativa y segura en entornos digitales.
La pandemia, recuerda Guevara, marcó un punto de inflexión. “La educación cambió completamente porque nos obligó tanto a docentes como a familias a depender al cien por ciento de la tecnología”. Aunque las plataformas digitales permanecieron en las aulas después de la emergencia sanitaria, también quedaron más visibles las desigualdades entre estudiantes.
Todavía existen familias que no cuentan con internet estable, dispositivos suficientes o incluso tiempo para acompañar a sus hijos durante el proceso de enseñanza digital. Esto provoca que algunos niños acumulen experiencia tecnológica desde edades tempranas, mientras otros apenas comienzan a familiarizarse con ella. En la práctica, dice Guevara, no se trata únicamente de una falta de acceso a dispositivos sino también de una falta de apoyo tecnológico desde casa.
Habilidades que se entrenan desde la experiencia
La conversación se vuelve aún más compleja cuando aparece la inteligencia artificial. Mientras Mateo utiliza plataformas basadas en IA para resolver tareas o generar ideas, el Ministerio trabaja en lineamientos orientados al uso pedagógico y ético de estas herramientas dentro de las aulas. La propuesta incluye formación crítica sobre inteligencia artificial, promoción del pensamiento reflexivo, análisis de privacidad y acompañamiento docente para integrar estas tecnologías con criterios pedagógicos.
Para Gabriela Mena, neuropsicóloga clínica y docente de desarrollo socioemocional, crecer sin acceso a herramientas digitales implica mucho más que no tener internet. Desde la neuropsicología explica que el cerebro aprende a través de la experiencia y que un niño con menor exposición a entornos digitales no tiene menos capacidad que otros; tiene menos oportunidades para entrenar ciertas habilidades que hoy forman parte del aprendizaje cotidiano.
Mena señala que estas diferencias pueden influir en la organización de información, la búsqueda estratégica de respuestas, la resolución de problemas y la adaptación a nuevas plataformas. También pueden afectar la flexibilidad cognitiva porque la tecnología obliga a probar, equivocarse, corregir y replantear estrategias. “La consecuencia no es una falta de capacidad como tal sino una menor estimulación de ciertas habilidades cognitivas que el mundo actual exige cada vez más”.
Y es ahí donde la brecha tecnológica deja de ser un asunto exclusivamente técnico para convertirse en un desafío educativo. El Ministerio identifica entre sus principales retos la formación continua de docentes, el desarrollo de competencias digitales y la consolidación de un ecosistema donde infraestructura, conectividad, capacitación y contenidos digitales trabajen de forma articulada.
Para Mena, el debate tampoco debería centrarse en capacidades intelectuales. “No hablamos de niños más inteligentes y niños menos inteligentes. Hablamos de niños con más o menos oportunidades”. La diferencia se vuelve todavía más evidente cuando la inteligencia artificial comienza a incorporarse al aprendizaje.
La brecha también es emocional
Las consecuencias también alcanzan el plano emocional. Mena advierte que la brecha digital puede convertirse en una brecha emocional porque muchos niños no interpretan las dificultades tecnológicas como una limitación externa sino como una incapacidad propia. No piensan solamente “no tengo internet”, explica la especialista. Con frecuencia terminan sintiendo “yo no puedo”, “soy lento” o “todos saben esto menos yo”.
La frustración, la inseguridad y la sensación de quedarse atrás comienzan entonces a instalarse silenciosamente dentro del aula. En algunos casos, los estudiantes dejan de participar, evitan determinadas actividades o se rinden antes de intentarlo. Para Mena, la brecha digital no solo limita el aprendizaje sino que también afecta la sensación de competencia y seguridad personal para enfrentar nuevos retos.
El desafío de preparar el futuro
Mientras las expertas advierten que la brecha tecnológica puede traducirse en diferencias cognitivas, educativas y emocionales a largo plazo, el país acelera su apuesta por la transformación digital. La propia institución reconoce que reducir la brecha digital no depende únicamente de equipamiento o conectividad. También requiere formación docente, contenidos digitales, soporte técnico, innovación curricular y acompañamiento pedagógico.
Como parte de esta estrategia, entre el 27 de mayo y el 5 de junio de 2026 se desarrolla la tercera edición de los Google Day; una iniciativa impulsada por el Ministerio junto a Google y CNT para fortalecer competencias digitales e incorporar herramientas tecnológicas e inteligencia artificial en los procesos de enseñanza. Según cifras oficiales, el Proyecto de Transformación Digital Educativa beneficia actualmente a más de tres millones de estudiantes, 165 000 profesionales de la educación y más de 15 000 instituciones educativas fiscales.
Además, más del 95% de las cuentas institucionales para docentes ya han sido activadas y el primer Gemini Academy realizado en Ecuador reunió a más de 49 000 participantes en línea.
El futuro llega a distintas velocidades
Mateo termina una tarea utilizando inteligencia artificial para resumir información. A pocos kilómetros de distancia, Brandon espera su turno para usar la computadora de casa.
Ambos son niños. Ambos viven en Quito. Ambos forman parte de una generación que crecerá junto a la inteligencia artificial. Pero mientras Ecuador acelera su transformación digital, la velocidad con la que el futuro llega a cada uno sigue siendo distinta.
Informe extra: La educación de la niñez en Ecuador
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